De la generación Nocilla a la generación brócoli

de la generación nocilla

En qué momento hemos pasado de la Generación Nocilla a la Generación Brócoli. En qué momento hemos pasado de alimentarnos con el sentido común a convertirnos en talibanes y vigilantes extremos de la alimentación de nuestros hijos.

Somos una generación que ha crecido comienzo bocadillos de Nocilla, pan untado con mantequilla y azúcar y hasta 8 onzas de chocolate acompañando a ese pan. Solo por eso, parece que hoy en día te pueden quitar la custodia de tu hijo. Añadamos al menú suicida que acabo de mencionar los cuernos, las cuñas, las cañas, los donuts, los donettes que ni siquiera llegaban a la nevera, las napolitanas que mi madre nos traía compradas en la puerta del Sol, los merengues, las bambas y hasta los bocadillos de oreja que nos tomábamos en el instituto.

Evidentemente no nos alimentábamos únicamente de esto. Pero si que esto formaba parte de nuestra vida de forma esporádica, aunque fue más frecuente durante nuestra adolescencia. Donde en lugar de llevar medio litro de bebida energética Monster, llevábamos algunos de los productos industriales antes mencionados.

De la generación Nocilla a la Generación Brócoli hemos pasado al mismo ritmo que desaparecían espacios públicos y gratuitos para echar una pachanga con los amigos.

Si hacemos caso a toda la industria de los gurús de la comida sana que campan a sus anchas, nuestra generación debería estar en estos momentos muerta. Con la décima parte de lo que he relatado hasta ahora en este post, según estos asalariados de la comida extremadamente sana, bastaría para que unos padres de hoy en día se sintieran atormentados por no hacer que su hijo tenga la dieta adecuada.

de la generación nocilla
La manos donde pueda verlas. Está usted detenido.

Imagino que los que hoy nos hablan desde el púlpito de la comida sana, siguen tomando a escondidas su leche con galletas. Puede incluso que en ocasiones metan el dedo en la crema de cacao que dan a sus hijos con cuenta gotas. Porque crecieron en los ochenta y en esa época la libertad y la falta de alarmismo que hoy impera, hizo que nos alimentáramos con el sentido común y sin tener que comprar libros, leer artículos ni asistir a conferencias o cursos para dar de comer a nuestros hijos.

Se trata simplemente de otra industria que necesita alimentos a los que demonizar y una población a la que acongojar para crear sus contenidos. Avalando informaciones con estudios imposibles de comprobar y que en todo caso tienen un sesgo que cualquier especialista en la materia conoce.

Una industria la del comer sano que lanza mensajes amarillos para que pongamos a nuestros hijos verdes a base de brócoli. Un lobby que sigue llamando veneno al azúcar, que señalan con el dedo a la mujer que no da el pecho y que tienen en el aceite de palma a su enemigo público número 1.

Pero nada de esto tiene que ver con la realidad, porque casi nada es para tanto ni esta es la solución contra la obesidad infantil. Los que somos de la generación nocilla sabemos que lo que sobra es información alarmista y lo que faltan son espacios públicos y gratuitos para echar una pachanga con los amigos.  Eso y una estructura social en la que la familia y los amigos del barrio vuelvan a cobrar su sentido, aniquilado por un modelo en el que la conciliación laboral y familiar ha sido destruida. Si, otra vez la conciliación. 

Soy de la generación Nocilla, como los expertos en nutrición a los que critico en este post. Sé de donde vengo y tengo muy claro que la apología de lo natural tiene una cara B. Es el caldo de cultivo perfecto para atracones a escondidas y futuros trastornos de la alimentación.

AUTOR: Nacho Caballero

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